Imaginaros que estáis debajo del agua, en la inmensidad del mar, asomados al periscopio de un submarino que navega en silencio las profundidades de Palma Palmilla.

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Un lugar donde uno intuye que aquello que no puede ver, la realidad oculta detrás de las puertas de las casas, se esconde bajo los pies.

Vida submarina.

Navegando, transformo el asfalto en agua, me sumerjo y asomo el tubo estrecho a la superficie del mar, que lo mismo me sirve para oír que para mirar… al poco, detrás de una reja, detrás de un hiedra o atravesando una puerta, a uno le sorprende un saludo ajeno que sin haberlo pedido (posiblemente emocionado por la exploración forastera), comienza a reportar información… y te cuenta: “ya sabes…lo de aquí y lo de allá, lo del hijo de tal y cuál, el cuñado del padre de fulanito de tal, el que tu sabes que trabajó en no sé qué más, que resultó ser vecino de la de más allá, que era hermana de periquito de tal, cuya prima se encargaba de organizar lo de aquí, y lo de más pá ya, y que como no le fue muy allá, se fue y ahora no está más, porque esto ya no es como tiempo atrás, porque como verás… uno en su casa, y Dios en la de todos.” algo asi…

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Han podido pasar cincuenta minutos o más.

El caso es que ya no hay luz y ha refrescado el aire.

El polizón de nuestra nave cifró su monólogo y lo acompañó con ojos abiertos, gesto en los labios, manos abiertas, arriba y abajo, una ceja que sube, se arruga y retuerce, los labios, otra vez, que se los muerde.

Conversación de besugos, a brochazo gordo, en los que si no estás avispado, te vuelves a casa con cara de pulpo sabiendo que las profundidades marinas es y será, uno de los lugares más desconocidos del planeta.