Tengo su vida en mis manos. Todos los recuerdos que lo han acompañado, los que a veces, incluso, le martillean la cabeza. Los seres queridos, queridos. Las novias, los coches y las fiestas; las buenas noticias, esas que suelen acaparar nuestros álbumes… aquellos trozos de papel y cartón que eran esos libros donde solíamos guardar, pegar y cortar nuestras historias, algo que se ha perdido, diría yo, ¿ya?

Qué maravilla los álbumes de familia. Ahí solo guardábamos lo importante, contábamos lo que merecía que perdurara en el tiempo, o así pensábamos, hoy con los móviles e internet estamos saturados de momentos, de selfies, de fotos de vacaciones… qué será de esos retratos reposados, de esos cumpleaños con tarta y amigos, de aquél familiar al que a penas conocimos pero que siempre nos mira a los ojos…

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(…)

Cuando él me contó su historia, cargaba sus tres álbumes en las manos, pasaba las páginas, abría y cerraba los ojos, a veces un suspiro, casi lágrimas. Leímos un poema, lo había escrito desde la cárcel. Aquellas fotos, habían conseguido mantenerlo ilusionado y con ganas de continuar, a pesar de estar en un momento muy bajo.

Sentí que necesitaba esas fotos para contar su historia, y sorprendentemente él no dudó un segundo en hacerme entrega de todo que para él significa tanto… “te doy mi vida”- me dijo. Nos dimos un abrazo, nos emocionamos juntos y nos despedimos en aquel lugar.